La participación juvenil en la vida política de nuestro país se remonta a las primeras décadas del siglo XX, uno de los más simbólicos fue con la Reforma Universitaria de 1918. Sin embargo, la imagen que se asocia con frecuencia a la participación de los jóvenes es la de los años '60, durante los cuales participaron de movilizaciones multitudinarias.
La juventud argentina que vivió su adolescencia entre los años sesenta y setenta se encontró con un mundo en el que se estaban levantando muchas barreras.
Las actitudes de los padres y de las autoridades institucionales, las resistencias por parte de la sociedad de los adultos, se definieron rápidamente como el punto del contraste generacional en el cual lo joven implicaba al mismo tiempo un universo de reivindicaciones que discutían las herencias culturales: se registraban avances por parte de las mujeres en sus búsquedas de autonomía y en el reconocimiento de sus derechos, se extendía una práctica sexual crecientemente liberada vivida como natural y se asistía a la ruptura con los modelos represivos del pasado.
Los años sesenta son aquellos en los que se difunde y consolida por primera vez un conjunto de expresiones culturales –que por medio de la acción de las industrias del rubro se generalizarían como consumos masivos– producidas y consumidas, hechas por y exclusivamente para jóvenes.
"Los '60 es un período donde la política significaba la transformación de las cosas y participar, o 'militar', como se decía, era deseable, era bueno, era bien visto, porque además el ideal era que la política transformaba las cosas para bien. El concepto era que la política construía la sociedad y conducía la economía".
Las juventudes de los distintos partidos se radicalizaban y adoptaban los ideales de reivindicación nacional que estaban apareciendo con más frecuencia. La denuncia del imperialismo y de las desigualdades sociales, la necesidad de formar una conciencia nacional activa, los objetivos de la emancipación nacional y social, impulsaban a militantes y sectores comprometidos a pasar de los discursos a las prácticas, cada vez más directas y más enérgicas. La lucha contra las dictaduras, contra el totalitarismo y las censuras de diverso tipo, también hizo de este momento un emblema para la lucha encarnizada por parte de los jóvenes.
La juventud se radicalizaba en el mundo entero y también en la Argentina, situación que se vio favorecida por horizontes optimistas de ascenso social y mejora en los estándares de vida inscriptos en distintos ámbitos de la vida moderna, como el trabajo, la escuela y el ejercicio de la ciudadanía.
La fragmentación social y el enfriamiento político que condujo a la privatización en los años ochenta trajo aparejado cambios que han conmovido a las sociedades en todas sus esferas afectando las formas de la participación y definiendo una manera de ser joven, una experiencia histórica en la que lo juvenil se ve rodeado de significados nuevos.
La situación dio un giro, por varios factores que se aunaron: un descrédito muy grande de la participación política y de las posibilidades de la política para transformar efectivamente el mundo; el miedo todavía vigente por la represión durante los años de dictadura; y el sentimiento de ser manipulados que atravesó a la juventud participativa de los 80.
La falta de participación política juvenil afectó más a aquellos países donde el Estado y los partidos eran más débiles, estaban marcados por el desprestigio, el clientelismo político y las prácticas corruptas. "Esto va a desmotivar mucho más la participación y va a tener un enorme impacto sobre los jóvenes porque en nuestro caso ellos sólo conocieron el modelo de los 90, y los aspectos negativos de la política. Entonces, no sienten interés en este modelo y buscan otras formas de participación. Esta crisis de representación causó en los jóvenes una brutal desesperanza respecto a lo que pueda llegar a lograrse a través de las instituciones estatales".
Por eso es necesario que actualmente se promueva la participación de los jóvenes en el diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas, dando prioridad al plano local para efectivizar los programas, tomar a los jóvenes como destinatarios y a la vez como actores estratégicos del desarrollo, y atendiendo la heterogeneidad propia de los grupos juveniles. De esta manera "la acción voluntaria le permitirá al joven involucrado colocarse como protagonista y no como marginado, como proveedor y no como dependiente, como héroe y no como víctima, como meritorio y no como objeto de sospecha por parte de los adultos".
La juventud argentina que vivió su adolescencia entre los años sesenta y setenta se encontró con un mundo en el que se estaban levantando muchas barreras.
Las actitudes de los padres y de las autoridades institucionales, las resistencias por parte de la sociedad de los adultos, se definieron rápidamente como el punto del contraste generacional en el cual lo joven implicaba al mismo tiempo un universo de reivindicaciones que discutían las herencias culturales: se registraban avances por parte de las mujeres en sus búsquedas de autonomía y en el reconocimiento de sus derechos, se extendía una práctica sexual crecientemente liberada vivida como natural y se asistía a la ruptura con los modelos represivos del pasado.
Los años sesenta son aquellos en los que se difunde y consolida por primera vez un conjunto de expresiones culturales –que por medio de la acción de las industrias del rubro se generalizarían como consumos masivos– producidas y consumidas, hechas por y exclusivamente para jóvenes.
"Los '60 es un período donde la política significaba la transformación de las cosas y participar, o 'militar', como se decía, era deseable, era bueno, era bien visto, porque además el ideal era que la política transformaba las cosas para bien. El concepto era que la política construía la sociedad y conducía la economía".
Las juventudes de los distintos partidos se radicalizaban y adoptaban los ideales de reivindicación nacional que estaban apareciendo con más frecuencia. La denuncia del imperialismo y de las desigualdades sociales, la necesidad de formar una conciencia nacional activa, los objetivos de la emancipación nacional y social, impulsaban a militantes y sectores comprometidos a pasar de los discursos a las prácticas, cada vez más directas y más enérgicas. La lucha contra las dictaduras, contra el totalitarismo y las censuras de diverso tipo, también hizo de este momento un emblema para la lucha encarnizada por parte de los jóvenes.
La juventud se radicalizaba en el mundo entero y también en la Argentina, situación que se vio favorecida por horizontes optimistas de ascenso social y mejora en los estándares de vida inscriptos en distintos ámbitos de la vida moderna, como el trabajo, la escuela y el ejercicio de la ciudadanía.
La fragmentación social y el enfriamiento político que condujo a la privatización en los años ochenta trajo aparejado cambios que han conmovido a las sociedades en todas sus esferas afectando las formas de la participación y definiendo una manera de ser joven, una experiencia histórica en la que lo juvenil se ve rodeado de significados nuevos.
La situación dio un giro, por varios factores que se aunaron: un descrédito muy grande de la participación política y de las posibilidades de la política para transformar efectivamente el mundo; el miedo todavía vigente por la represión durante los años de dictadura; y el sentimiento de ser manipulados que atravesó a la juventud participativa de los 80.
La falta de participación política juvenil afectó más a aquellos países donde el Estado y los partidos eran más débiles, estaban marcados por el desprestigio, el clientelismo político y las prácticas corruptas. "Esto va a desmotivar mucho más la participación y va a tener un enorme impacto sobre los jóvenes porque en nuestro caso ellos sólo conocieron el modelo de los 90, y los aspectos negativos de la política. Entonces, no sienten interés en este modelo y buscan otras formas de participación. Esta crisis de representación causó en los jóvenes una brutal desesperanza respecto a lo que pueda llegar a lograrse a través de las instituciones estatales".
Por eso es necesario que actualmente se promueva la participación de los jóvenes en el diseño, implementación y evaluación de las políticas públicas, dando prioridad al plano local para efectivizar los programas, tomar a los jóvenes como destinatarios y a la vez como actores estratégicos del desarrollo, y atendiendo la heterogeneidad propia de los grupos juveniles. De esta manera "la acción voluntaria le permitirá al joven involucrado colocarse como protagonista y no como marginado, como proveedor y no como dependiente, como héroe y no como víctima, como meritorio y no como objeto de sospecha por parte de los adultos".

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